Memoria

Sobre la masacre de Rincón Bomba

Javier Trimboli
Por Javier Trimboli 16 febrero, 2018

Quien crea que el pasado fluye sin mayores obstáculos hasta llegar a los libros de historia, ante los sucesos ocurridos en octubre de 1947 en La Bomba se encontrará en un serio problema. Inevitable agregar que ese paraje, también conocido como Rincón Bomba, se ubica contiguo al pueblo de Las Lomitas, en el territorio nacional que aún no era la provincia de Formosa. Lo ocurrido puede resumirse en una cifra indeterminada de indios pilagás muertos que, según las fuentes recabadas y las estimaciones, oscila entre 400 y 700. La mayor parte de ellos fueron asesinados con disparos de armas de fuego, en especial de ametralladoras; otros murieron intoxicados. Llama la atención en primer lugar el contraste, es decir, que una de las masacres más importantes ocurridas en la Argentina durante el siglo XX hasta hace apenas unos años no tuviera lugar en la memoria colectiva nacional, que se ausentara sistemáticamente de los libros de historia, también de la recreación que a ella le ofrece la literatura y de los ensayos. Como si su estrépito hubiera quedado contenido y sólo hubiera ocasionado silencio a su alrededor. Se sabe, por otra parte, de la intensa afición por el pasado que caracterizó a nuestra cultura durante los años sesenta y los primeros setenta, además con vertientes dispuestas a rever la historia oficial, a conjugar por fin una narración -o una contra historia- de los desposeídos. Clave coyuntura que intentó clausurar la última dictadura militar, coyuntura que quiso agregar todos los volúmenes que fueran necesarios a la importante biblioteca que refiere a nuestro pasado de explotación y desgarros. También se sabe que la normalización de las Universidad, sucedida durante los primeros años del gobierno de Alfonsín, favoreció al desarrollo de los estudios académicos en historia. Por lo demás, pocos temas como el peronismo han invitado a que se escriban tantos libros; a favor, en contra, o intentando eludir esas posiciones. Decimos esto, se entiende, porque el hecho que nos ocupa ocurrió durante los años del primer gobierno de Juan Domingo Perón. Ahora bien, ninguna de estas situaciones que parecen muy favorables para que se cumpla con la idea extendida de lo que es la historia -un espejo del pasado sin grandes fallas-, fueron suficientes para que la masacre de Rincón Bomba alcanzara visibilidad pública nacional. Es cierto, los diarios de Buenos Aires en octubre de 1947 no atendieron principalmente lo ocurrido en Formosa -o lo hicieron con la concisión que aún le asignan a lo ocurrido en las zonas más pobres de nuestro país-, pero tampoco lo desconocieron por completo tal como podría creerse por el silencio casi inmediato que lo sucedió y por la dificultad que aún subsiste para acceder a él. Intentaremos en lo que sigue aproximarnos a la masacre de Rincón Bomba a partir de las huellas que han llegado hasta nosotros, recogidas en el último tiempo por investigaciones monográficas así como también por una película documental. A la espera, vale aclarar, de que más temprano que tarde -aunque ya sea tarde- el conocimiento social sobre nuestro pasado repare este olvido que afecta a los muertos y a sus sobrevivientes, pero también al conjunto nacional, particularmente a quienes pretenden hacer de este país un lugar más justo y libre.

En función de tomar perspectiva, remontemos apenas unos meses, situémonos en mayo de 1947. Porque en esos días tiene lugar un pequeño suceso, una disrupción podríamos decir, que pareció desarticular la precaria y a la vez brutal gubernamentalidad vigente en Formosa y que afectaba principalmente a la población indígena. Como era usual a esa altura del año, aproximadamente mil indígenas procedentes del oeste de ese territorio nacional habían llegado hasta uno de los más célebres ingenios de la provincia de Salta, San Martín del Tabacal, para cumplir con las tareas de la zafra. Contratistas los habían acarreado, así se dice, pero también podemos suponer que constituía la búsqueda de una remuneración que complementara sus economías muy dañadas y al borde de la supervivencia, situación esta que arrastran desde que fueron derrotados y reducidos por el ejército nacional y por la penetración del capitalismo. Nada nuevo en el horizonte se dejaba ver, una vez más aportarían su trabajo en condiciones de superexplotación. Sin embargo, una nota que ha sido señalada del diario Norte de Formosa, con fecha 13 de mayo da cuenta de una variación que es útil atender: “Considerándose defraudados recurrieron ante las autoridades respectivas de El Tabacal y no pudieron obtener justicia, por el contrario, cuando insistieron en sus reclamaciones fueron despedidos inhumanamente. Del Tabacal volvieron a pie hasta Las Lomitas porque carecían de medios para hacerlo por ferrocarril.” La defraudación que sufren no sólo braceros pilagás, sino también tobas y wichis, obedece a que el ingenio en cuestión, que era propiedad del relevante político conservador Robustiano Patrón Costa, les había prometido, a través de los contratistas y aún en el monte, un jornal que según dicen algunas fuentes sería de 6 pesos por día, pero que a la hora de la paga se convirtió en menos de la mitad. Sin dudas esto revela una vez más las condiciones laborales vigentes en esos establecimientos que, además, contaban a favor su ubicación lejana respecto de las zonas de soberanía más efectivas del Estado nacional y de la ley. Pocos años antes, en 1941, Alfredo Varela realiza una investigación que se publica en el periódico Ahora sobre las condiciones laborales y de vida de los trabajadores de los yerbales del alto Río Paraná, en el territorio nacional de Misiones. A través de un título que lastima quiere producir una sacudida en sus lectores, “También en la Argentina hay esclavos blancos”. Exageración o no -necesaria, eso sí, para llamar atención de una opinión pública adormilada-, la explotación capitalista linda en esos puntos del país con la esclavitud. Pero como ya no estamos en 1941 sino en 1947, estamos obligados a agregar que poco importan para frenarla los avances en la legislación laboral que se vienen sucediendo, la sanción del Estatuto del Peón, así como tampoco que la FOTIA sea un flamante y poderoso sindicato, nacido del influjo de las nuevas políticas impulsadas por Perón y, al mismo tiempo, que lo sostienen en su liderazgo. Así y todo, vale detenerse en eso que denominábamos como una disrupción, porque si el engaño era habitual en las condiciones dadas de superexplotación -nada indica que el mismo motivo que produjo la defraudación no se hubiera repetido cantidad de veces-, la singularidad de este caso radica en que los braceros levantan la voz. Podríamos decir que esta situación novedosa es indicio no de una revuelta, quizás tampoco de una por fin advenida conciencia de clases, sino de una subjetivación colectiva que busca dejar atrás o por lo menos poner en discusión las condiciones instituidas que los afectan. Alcanza para enfrentar a la administración del ingenio y decirle que así no están dispuestos a trabajar, nada más. ¿Se habrán visto animados a dar ese paso por las noticias de las conquistas sociales que se venían conquistando en las grandes ciudades, en el país? ¿Llegarían a ellos esas noticias o las de la marcha de 194 coyas, desde la quebrada de Humahuaca a Buenos Aires, en reclamos de sus tierras que están en manos precisamente de Robustiano Patrón Costa, cosechando a su paso el apoyo de trabajadores y ciudadanos? Sólo podemos conjeturar que quizás a través de rumores algo de todo eso pudo llegar a ellos, en sordina. Mientras tanto la respuesta de la patronal no se demora: se los deja ir, se los expulsa.

Nos interesa empezar haciendo hincapié en este punto, porque este sencillo movimiento y la respuesta consabida terminaron siendo hilos fundamentales que se entramaron en una de las masacres más relevante de nuestra historia. Una alteración mínima, casi inofensiva, que desatendida concurre a una situación mayúscula, tanto una cosa como la otra con capacidad para revelar, en su condición excepcional, la normalidad que afecta a una parte de la población que vive en la Argentina. Pero hay algo más. Escribe José Carlos Mariátegui en una de las obras más importantes del marxismo en nuestro continente, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana: “Todas la tesis sobre el problema indígena, que ignoran o eluden a éste como problema económico-social, son otros tantos estériles ejercicios teoréticos -y a veces sólo verbales-, condenados a un absoluto descrédito. No las salva a algunas su buena fe. Prácticamente todas no han servido sino para ocultar o desfigurar la realidad del problema”. Escrito esto en 1929 no sólo sigue siendo cierto hoy sino que se activa porque nuevamente en alza -desde los años noventa deberíamos decir- las lecturas “culturales”, se posterga una vez más la condición que los indígenas ocupan en el proletariado, quizás como su punto más extremo, sometido a condiciones de mayor explotación.

Dicho esto, es ineludible apreciar que lo que sigue no se comprende sin el influjo poderoso de lo cultural. Roto el contrato que nunca había existido, expulsados sin más al levantar la voz por una vez, los indígenas emprendan a pie la vuelta hacia el monte, al corazón de Formosa. Son más de trescientos kilómetros de travesía que no estaban en el cálculo de nadie. Hay mujeres, niños y ancianos. Una multitud indígena y trabajadora atravesando una tierra que conocen bien, sobre la que atesoran cantidad de narraciones transmitidas por sus mayores, pero en condiciones de indigencia. La fatiga y sobre todo el hambre son el azote. A partir de lo que se cuenta, ocurre aquí otra alteración, porque los pilagás no se dirigen a las reducciones que tienen asignadas, la de Bartolomé de las Casas y la de Francisco Muñiz, sino que se desvían hacia el pueblo de Las Lomitas. No entran al poblado pero tampoco se dispersan. En el documental que realiza Valeria Mapelman y se estrena en abril de 2010, es decir, en la coyuntura del bicentenario de la revolución de mayo, Octubre pilagá, quienes dan su testimonio a la cámara, se refieren incluso a tolderías que se establecen vecinas a Las Lomitas, en las “orillas del madrejón”, en La Bomba o Rincón Bomba. Quienes dan su testimonio sobrevivientes de la masacre, que de chicos estuvieron ahí. La mayor parte de las palabras que vierten si no fueran traducidas y colocadas como subtítulos se nos escaparían en su sentido. Entonces: en septiembre de 1947 más de mil indígenas, aunque algunos hablan de miles, se hacen ver en Las Lomitas y así llaman la atención sobre sus condiciones de vida. Piden ayuda. A través de sus caciques -se habla de dos, Pablito y Luciano- logran que la Comisión de Fomento y el jefe a cargo del escuadrón de Gendarmería Nacional que ahí tiene asiento se preocupen por su situación. Les acercan provisiones que aportan comerciantes, incluso ganado en pie para que sacien su hambre. No es suficiente pero, además, es en estas circunstancias que se producen las primeras indigestiones. Se habla también del clima que por la noche es frío y que desmorona la salud de cuerpos ya severamente dañados. Sobrevuela entre los pilagás la posibilidad de un envenenamiento. La gravedad de la situación hace que se informe al gobernador del Territorio Nacional de Formosa, quien a su vez se comunica con Buenos Aires, con el ministro de Interior Ángel Borlenghi. Y el resultado que se obtiene parece alentador, propio de una situación compleja que está a punto de encontrar solución. Según señala el antropólogo Hugo Trinchero en uno de los escritos más importantes que se abocan a este tema, enterado el titular del poder ejecutivo, Juan Domingo Perón, de lo que acontece “ordena inmediatamente, como parte de una ayuda mayor y planes de desarrollo social, el envío de tres vagones por el ferrocarril General Belgrano, con alimentos, ropas y medicinas” (Las masacres del olvido. Napalpí y Rincón Bomba en la genealogía del genocidio y el racismo de estado en la Argentina, 2009). El tren sale efectivamente desde Retiro con alimentos, ropas y medicamentos para los pilagás. A la ciudad de Formosa, cabecera del territorio nacional, llega algún día de las últimas semanas de septiembre. El delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, es quien tiene la responsabilidad de recibir el cargamento y luego hacerlo llegar hasta Las Lomitas. Pero se ausenta, como desentendido, y sin que haya un motivo concreto, posible de interpretar políticamente, no hay quien resuelva qué hacer con esos tres vagones que durante diez días quedan a la intemperie en la estación del ferrocarril Belgrano, en la ciudad Formosa. Cuando finalmente el gobernador conmina a este delegado a trasladar las provisiones para que lleguen a mano de los indios, dos de los tres vagones están semivacíos, cual si hubieran sido robados. A principios de octubre los destinatarios se hacen de esta ayuda reducida y que, además, se encuentra en estado avanzado de descomposición. Se cuenta que el hambre era tal que llevó a muchos a comer esas provisiones. Es así que alrededor de cincuenta indígenas mueren intoxicados. Como un enorme accidente que no puede ser entendido como tal, que sólo podría tener la apariencia de tal cosa.

Seguramente crece el malestar y la inquietud entre los pilagás que logran enterrar a sus primeros muertos en el cementerio de Las Lomitas, pero cuando la cifra se abulta, aduciendo que no hay espacio suficiente les retiran el permiso. Los cuerpos son llevados al monte y se acompaña el entierro con ceremonias en las que hay cantos y fuego. La población de Las Lomitas observa todo esto, confundido entre rumores, y empieza hablar de un malón. Añadamos que se dice que uno de los caciques, Pablito, habla con fluidez el castellano, motivo por el cual lleva adelante las negociaciones con las autoridades del pueblo y de la Gendarmería. Al otro, Luciano, se le reconocen capacidades sanadoras y de comunicación con Dios. Esto último es tan importante que en el documental de Valeria Mapelman, Octubre pilagá, buena parte de los testimonios recogidos se refieren a este tema al que le otorgan gran relevancia. Tal como si la efervescencia religiosa acompañara a estos sucesos. Como decíamos, se activa el fantasma del malón, uno más, el último. Es así que Gendarmería Nacional forma un “cordón de seguridad” que separa a una población de otra y a los pilagas se les niega el ingreso al pueblo. Nidos de ametralladores, gendarmes apuntando, cual si se tratara de un ghetto indio en Formosa.

Según los relatos que recogen varias de estas fragmentarias reconstrucciones, el 10 de octubre buena parte de los indígenas acampados en La Bomba, sin armas intentan dirigirse hacia Las Lomitas. También que portan grandes retratos de Perón y Evita. Si esto fuera así, cual si trataran de incorporarse de esta manera a la nación, precisamente en esa hora en la que como hay acuerdo general entre los historiadores se extendió la ciudadanía social como pocas veces. Pero el desplazamiento es interrumpido por el fuego de las ametralladoras que según algunos testimonios no ordena el comandante a cargo, sino su segundo. Son muchos los que caen muertos y heridos. Es la masacre que se continúa en una larga persecución, una suerte de cacería que lleva a muchos a esconderse, a internarse en el monte, a escapar al Paraguay.

Este suceso que intentamos contar recién volvió a circular a partir del año 2005, cuando un grupo de abogados en representación de la Federación del pueblo pilagá inició una demanda al Estado por crímenes de lesa humanidad. Volvió a circular, se entiende, fuera de Las Lomitas o de Pozo de Tigre -otro de los pueblos en los que se sucedieron los fusilamientos en octubre de 1947-, quizás también de Formosa y de las comunidades indígenas del norte de nuestro país, donde más o menos callado siempre estuvo presente. Interesante sin dudas es pensar por qué reapareció en el escenario nacional en ese preciso momento, tanto como considerar las condiciones que hicieron posible que una masacre de estas características sucediera en la Argentina y en esa coyuntura. Digamos tan sólo que ese otro acontecimiento que mencionamos, el Malón de la Paz, en lo que tuvo de búsqueda de reconocimiento de la legitimidad de una reivindicación por la tierra fuertemente identitaria, aunque sin matanza terminó mal. Si se recuerda que en los textos casi primeros de nuestra cultura -nos referimos a los de Sarmiento y Alberdi- los indios son señalados como animales, imposibilitados para alcanzar condición política, para integrarse a la nación, no puede sorprender del todo que cien años después e incluso en circunstancias de ampliación de ciudadanía, ocurra algo así. Que ni siquiera a la oposición política, en ese presente y luego del golpe de Estado de 1955, le interesa denostar al peronismo por haber sido gobierno en el momento en que la masacre se produjo. Tan asumido estaba que éste era un destino posible para esa población que no valía utilizarlo como argumento polémico. Por lo demás, la denuncia escrita por el periodista y escritor comunista Alfredo Varela, a propósito de los trabajadores de los yerbales, “También en la Argentina hay esclavos blancos”, se continuó poco después en su novela El río oscuro y luego en la base argumental para la película de Hugo del Carril Las aguas bajan turbias, una de las películas más referenciadas del peronismo. Podía terminarse con la esclavitud de los trabajadores blancos, incluso narrarse esa lucha; otra suerte corre para la de los indios.